jueves, 21 de junio de 2007

Ser padres en el siglo XXI


Por: Dr. Paúl Corcuera García
Director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura. (*)

En el contexto de relativismo generalizado y “crisis de la verdad”, que se presenta en la llamada post modernidad, se ha perdido el sentido de la verdadera paternidad.

Desde “el principio” de la creación, varón y mujer han tenido la misma dignidad. El hombre y la mujer aportan su propia contribución, gracias a la cual encuentran, en la misma de la convivencia humana, su carácter de comunión y de complementariedad.

La maternidad implica necesariamente la paternidad y viceversa. No se puede saber bien qué es ser padre si no se sabe qué es ser madre; pues ambos se necesitan en su real dimensión. Por ello, todo lo que lleve a una imagen equivocada del ser mujer afecta la raíz misma del ser varón; y, por tanto, el ser padres.

Paternidad y maternidad son en sí mismas una particular confirmación del amor, un cometido confiado por Dios a los esposos. La paternidad y la maternidad constituyen una «novedad» y una riqueza sublime, a la que, en palabras de Juan Pablo II, debemos acercarnos «de rodillas». Son un gran misterio.

La paternidad, bien entendida, no se reduce al aspecto biológico ni puede desvincularse de la conyugalidad. La unión amorosa entre los esposos da origen a la familia. No hay hijo que no provenga de sus padres. Esta afirmación que parece tan evidente, no resulta tan clara en nuestra sociedad. Ante el avance de las tecnologías de la reproducción asistida, y las nuevas formas de convivencia, constantemente se cuestiona lo que es ser padre.

Para el profesor Pedro-Juan Villadrich sufrimos una “crisis de la genealogía personal” y una “crisis de la genealogía del amor”. Esto sucede porque se ha desvinculado la sexualidad humana del matrimonio y, el matrimonio de la filiación. Cuando una persona es concebida, no sólo se origina una vida biológica, sino una nueva identidad personal, que hunde sus raíces en el seno familiar.

Ser hijo significa haber recibido una identidad de los padres. Por orden natural, en la familia se establecen unos vínculos de parentesco que originan no sólo relaciones de justicia, sino, y sobre todo, una identidad co-biográfica. Crecemos como personas aprendiendo a ser hijos, a ser hermanos y tiempo después, a ser padres. No somos seres en solitario, sino que nos desarrollamos siendo con-nuestros familiares, en una comunidad íntima de amor. Por eso padres e hijos se merecen mutuamente, el trato más excelente y propio de la persona, el amor incondicional.

Si alguien quiere ser buen padre, que se esfuerce por amar mejor a los suyos, de manera incondicional y generosa. El “buen padre” no es el “proveedor” que satisface todas las necesidades materiales de los hijos, y procura que nos les falte nada. La paternidad reclama atender las necesidades más importantes de los hijos: las emocionales, las psíquicas y fundamentalmente las afectivas.

Entregarse decididamente a la formación de los hijos, supone muchos sacrificios personales que superan el aspecto material. Puedo mencionar algunas sugerencias: conversar frecuentemente con los hijos, preocuparse realmente de sus problemas, orientarlos respetando su propia libertad, darles un soporte cuando creen que el mundo se les derrumba, transmitir alegría en el hogar, enseñarles a vivir el respeto y la caridad con los demás, etc.

Ser padres significa renovar la ilusión diaria de ser mejor persona para los hijos, que ven en cada padre un primer modelo de vida a seguir. En definitiva, debemos aprender a olvidarnos de nosotros mismos y vivir por nuestra esposa e hijos. Es la manera efectiva y real de ser fieles y de ser felices, que, créanme, son las dos caras de una misma moneda.

(*) Artículo publicado en el Suplemento Semana del diario El Tiempo, domingo 17 de junio de 2006.

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